04 de Agosto del 2026
"La resiliencia es una virtud admirable. La resignación, no". Ricardo Femat
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Hace unos días, mientras esperaba para pagar un café en una tienda de conveniencia, presencié una escena tan breve como reveladora. Delante de mí estaba una mujer de mediana edad con uniforme de trabajo. Sobre el mostrador había colocado una botella de agua, un pan dulce y una libreta escolar. Cuando la cajera le dio el total, la mujer abrió su cartera y comenzó a contar monedas. Lo hizo dos veces. Luego tomó la libreta, la apartó y dijo con naturalidad: “La llevo después”.
Pagó lo demás y salió.
Nadie pareció sorprenderse. La fila continuó avanzando. La cajera siguió atendiendo clientes. La vida siguió su curso.
Sin embargo, esa escena se quedó conmigo durante el resto del día. Quizá porque en México hemos aprendido a convivir con esas pequeñas renuncias cotidianas que rara vez ocupan titulares. Son decisiones silenciosas que millones de personas tomamos a diario: posponer una consulta médica, dejar para después una reparación en casa, aplazar la compra de un libro o sacrificar una necesidad para atender otra más urgente.
Pensé en ello mientras observaba la creciente emoción por la Copa Mundial de 2026.
México se convirtió en vitrina internacional. Las cámaras recorrieron nuestras ciudades, los estadios se llenaron de aficionados y los comentaristas hablaron de nuestra cultura, nuestra gastronomía y nuestra hospitalidad. Fuimos, una vez más, anfitriones de uno de los eventos más importantes del planeta.
Y hay motivos para sentir orgullo.
Pocas naciones pueden presumir una historia tan rica, una identidad tan poderosa y una capacidad organizativa para recibir al mundo entero. Los mexicanos sabemos celebrar, sabemos recibir y sabemos mostrar lo mejor de nosotros.
Pero también sabemos ocultar nuestras heridas detrás de la fiesta.
Hay una escena de la película Roma en la que, mientras los personajes enfrentan pérdidas, incertidumbre y cambios profundos, la vida sigue transcurriendo alrededor de ellos. Hay celebraciones, reuniones, fuegos artificiales y momentos de aparente normalidad. La fiesta y la crisis conviven en el mismo espacio sin anularse mutuamente.
México suele funcionar de la misma manera.
Mientras recibimos a los miles de visitantes provenientes de todo el mundo, millones de personas enfrentamos desafíos que ningún evento internacional resolverá por sí solo. La inseguridad continúa alterando la vida de comunidades enteras. El acceso a servicios de salud sigue siendo una preocupación para muchas familias. La escasez de agua se ha vuelto una realidad recurrente en diversas regiones. Miles de jóvenes estudian y trabajan sin tener la certeza de que su esfuerzo les abrirá las puertas que esperan.
No se trata de pesimismo. Tampoco de negar los avances que el país ha logrado en distintos ámbitos.
Se trata de reconocer que existe una diferencia entre el país que proyectamos y el país que vivimos.
Con frecuencia hablamos del potencial de México. Escuchamos que somos una economía estratégica, una potencia cultural, un destino atractivo para la inversión y una nación llamada a desempeñar un papel cada vez más relevante en el escenario internacional. Probablemente todo eso sea cierto.
Pero el potencial es una promesa. La vida cotidiana es una realidad.
Y la realidad de millones de mexicanos sigue marcada por preocupaciones mucho más inmediatas que cualquier torneo deportivo.
Quizá por eso la pregunta importante no sea cuántos visitantes llegaron durante el Mundial ni cuánto dinero generó el evento. La cuestión verdaderamente relevante es qué país queda tras esta justa deportiva.
Los estadios vacíos permanecerán. Las carreteras seguirán ahí. Las escuelas seguirán ahí. Los hospitales seguirán ahí. Y también permanecerán las demandas de quienes esperamos oportunidades, seguridad, justicia y condiciones dignas para construir un proyecto de vida.
Hay una canción que atraviesa generaciones: The Sound of Silence. Su fuerza radica en hablar de aquello que permanece sin decirse. A veces pienso que México también tiene sus propios silencios: los que aparecen cuando normalizamos la desigualdad, cuando aceptamos como inevitables problemas que llevan décadas acompañándonos o cuando confundimos la capacidad de resistir con la obligación de conformarnos.
La resiliencia es una virtud admirable. La resignación, no.
Por eso, gocé el Mundial, como millones de mexicanos. Me emocioné con los partidos, con el ambiente y con la certeza de que nuestro país volvió a estar en el centro de la conversación global.
Pero también recordaré a aquella mujer que dejó una libreta sobre un mostrador porque ese día no podía llevarla consigo.
Porque el verdadero partido de México no se jugó en una cancha.
Se juega todos los días: en nuestros hogares donde las familias hacen cuentas para llegar al final de la quincena; en las aulas donde los jóvenes buscan construir un futuro; en las calles donde la tranquilidad sigue siendo una aspiración para muchos; y en las comunidades que esperan que el progreso deje de ser una promesa y se convierta en una realidad.
En el Mundial sabemos quién levantó la copa.
Lo que todavía no sabemos es cuándo México dejará de pedirle a su gente que siga esperando.
Las naciones no se miden por la grandeza de sus estadios, sino por la dignidad con la que viven sus ciudadanos.
Y mientras una madre tenga que elegir entre una libreta para su hijo y cualquier otra necesidad básica, el marcador más importante seguirá jugando en nuestra contra.
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¿Quién es Ricardo Alfredo Femat Torres?
Licenciado en Derecho y maestro en Juicio de Amparo y Derechos Fundamentales. Cuenta con diplomados en Derechos Humanos por la SCJN, Derecho Electoral por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y Derecho Corporativo por la Barra Nacional de Abogados, y actualmente continúa su formación en las áreas de juicio de amparo y protección de la naturaleza en la Casa de la Cultura Jurídica de la Suprema Corte.
Con más de veinte años de experiencia en la administración pública, se desempeñó como síndico procurador en el H. Ayuntamiento de Aguascalientes y colaboró en las LXII y LXIII Legislaturas de la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores. Asimismo, fue secretario técnico de la Comisión de Planeación y Gasto Público en la LX Legislatura del Estado de México.
En el sector privado ha ejercido como consultor en política integral, es fundador del Colegio de Abogados del Derecho Público y Privado en la Ciudad de México y colabora como columnista de opinión en diversos medios de comunicación. Actualmente se desempeña como director general del Sistema Municipal DIF en Tula de Allende, Hidalgo.